domingo

Ella y su ciudad

Ciudad dolor inmóvil, me dirijo a ti, cuna de mi amor y de mi olvido. Frente a ti veo lo que he amado y en ti siento lo que he sido. Hueles a dolor y sabes a tristeza, ciudad llena de gente, de sueños, de ilusiones, de secretos y mentiras. Oh ciudad tan habitada, bajo tu cielo me siento solo, tan acompañado e ignorado que me pierdo en tu inmensidad. Llegué a ti en completa soledad, fuiste un misterio para mí desde el día en que te conocí. 

En ti, bella ciudad, la conocí a ella, a ella que llegó inesperadamente, a ella que apareció cuando más lo necesitaba. A ella que apagó la soledad, que quemó la tristeza y asfixió el dolor para dar lugar a nuevos dolores, dolores que disfruté y que en ella valían la pena. Ella le dio sentido al viaje, ella nos guió. 

Pero tan inesperadamente como llegó, se fue, se fue y se llevó la primavera con su equipaje.

Entonces sucedió; la ciudad nunca se sintió tan vacía y las calles nunca estuvieron tan solas y oscuras. Sin ella la ciudad volvió a su dolor y las cosas perdieron su color.

Es que fue ella con su sonrisa, quien había dado un tono a la vida. Ella que nos puso en altamar, apagó las luces y devolvió el silencio.

Volvimos a las sombras, amada ciudad.

Al irse ella, volvieron las noches sin dormir, las noches sin pensar y las noches sin soñar. Por ella probaré a ser otra persona, a morir un poco. 

Una vez más el silencio nos atacó, pero esta vez fue tan intenso que lo pudimos tocar y morder. Sin ella volvió esa sed que nunca supimos apagar. Sin ella, la felicidad es un poema escrito en la arena, un poema que la mar borró.

Al preguntarme qué fue eso que hicimos mal, la respuesta luce brillante, clara e incluso obvia, como la más absurda revelación y es que la vida fue nuestro error.

Y me quedo a mi suerte, ciudad, acurrucado en tus brazos, inundando tus calles con tristeza y tus alcantarillas con melancolía. Busco sus brazos en mis sueños y anhelo su amor de frente al viento.

Olvídame ciudad, que yo te olvido a ti, para recordarla a ella.

sábado

Como en los erizos

En un día particularmente frío, ciertos erizos que se encontraban cerca, sintieron todos la necesidad de calor, de modo que para suplir esa falta, decidieron acercarse para compartir su calor corporal, pero al acercarse más y más, las púas de uno comenzaban a lastimar más al otro y viceversa. Así al estar cada vez más cerca entre ellos, más daño se hacían, pero al alejarse se veían acompañados de la sensación de frío, por lo que no podían hacer más que alejarse y acercarse una y otra vez, haciéndose más y más daño al acercarse.

Así pues, el acercamiento no implicaba más que daño y dolor, pero el alejamiento llevaba a la muerte por el frío.

"Como los erizos, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor."


El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos.




martes

Un cuentito

Esta historia, como todas las demás, gira en torno a las mentiras; porque en torno a ellas gira el mundo.

Esta es la historia de un hombre que comenzó su vida con una mentira y fue por una que la terminó.



Su padre, a la corta edad de cuatro años, le dijo que su madre había muerto el día que él nació y se lo reprochaba. Para fines prácticos, le daremos un nombre a este personaje, quizá "Carlos", quizá "Gonzalo", tal vez termine siendo "José", pero eso, como todo lo que se relaciona con él, es irrelevante.

Carlos creció solo con su padre, un hombre de carácter fuerte y gustos simples, sin más estudios que una educación secundaria, sin embargo alguien inteligente. Carlos veía a su padre como el hombre más recto y amable que había existido. Según había escuchado; su padre realizaba "inversiones" para vivir, él no conocía el significado de esa palabra, pero le gustaba escucharla y disfrutaba repetirla frente a sus amigos.

Leonel (padre de Carlos), disfrutaba sentarse a beber frente al televisor por las mañanas, discutir con desconocidos por las tardes e intentar dormir por las noches.

Carlos cumplió doce años a mediados de esta historia, no le faltaba nada ni le había faltado nada, como cualquier niño, Carlos disfrutaba comer dulces, le fascinaban, parecía incluso una adicción, pero gracias al dinero que su padre le proporcionaba, nunca le hacían falta. El hermano mayor de uno de sus amigos tenía los mejores y él los compraba.


Carlos vivía con su padre en una ciudad cuyo nombre no vale la pena repetir, no tenía hermanos, no quería tenerlos. Alguna vez envidió a otros niños, quienes presumían de tener siempre alguien con quien jugar, pero Carlos era muy solitario en ese tiempo y lo siguió siento hasta el momento en que, catorce años después, decidió quitarse la vida.



La madre de Gonzalo no murió cuando él nació, lo supo en su cumpleaños dieciséis cuando Leonel enojado, drogado y escupiendo, le gritó "Por palabras menos estúpidas tu madre perdió la vida, deberías callarte de una vez"

Leonel no "invertía" en nada, como Gonzalo lo había creído ingenuamente, Leonel era un hombre brillante, sí, era un estafador brillante, con un talento increíble para mentir, ganar apuestas y por supuesto, obtener inversiones que no iban a ninguna parte, de ahí la comodidad con la que vivían.

Los "dulces" que tanto disfrutaba y que extrañamente eran tan caros, no resultaron ser otra cosa que distintos tipos de antidepresivos. Oh, pobre Gonzalo, con solo dieciséis años, fármacodependiente, hijo de un estafador y asesino, pero un verdadero genio para mentir y por supuesto, para escribir. "No cabe duda que podrías lograr algo grandedecía su padre mientras leía lo que su hijo había escrito "espero que vivas lo suficiente para lograr algo"

Gonzalo aún admiraba a su padre.

Cierto día, cuando volvió a casa, fue recibido con la noticia de que Leonel había obtenido suficiente dinero como para librarse de sus deudas y temporalmente, llevar una vida más cómoda de lo normal y sin preocupaciones.

"Esperarán por siempre a que su inversión rinda frutos"

Tres días después, Leonel fue asesinado mientras lloraba la muerte de Celeste, como lo había hecho todas las noches desde el día en que la mató, ella fue la persona a la que más odió y la mujer a quien más amó, madre de Gonzalo.


José tuvo que ir a vivir con el padre de Celeste. Para evitar problemas, me referiré a él como "el abuelo". El abuelo no sabía cómo había muerto Celeste y ahora habían pasado más de cuatro años desde la muerte de quien le asesinó.

Más de cuatro años desde el día en que José entró a casa y su padre no le recibió.

Más de cuatro años desde que dejó la escuela y huyó con el dinero que le hizo perder a su padre.

Más de cuatro años desde el día en que tuvo que buscar a la única familia que aún tenía.

El abuelo aún trabajaba y podía mantener al drogadicto de su nieto y a sí mismo, el dinero de Leonel se había terminado hace un tiempo. Sí, el abuelo murió, pero sucedió mucho después del final de esta historia, no hace falta mencionarlo.

Fue después que todo comenzó a ser perfecto para José; obtuvo un trabajo en un periódico local y nunca se había sentido más feliz, su adicción había terminado y ahora no era más que un cuentista que escribía y publicaba en varios ejemplares, un cuento a la semana.
Así pasó bastante tiempo, con frecuentes cambios en su vida, sin nada digno de explicar, pero con una felicidad que no parecía terminar. Todo parecía una fantasía.

Y lo era.

Pasó el efecto de todo lo que había tomado, no sabía lo que sucedía. Carlos despertó frente a un hombre inconsciente en un lugar que no recordaba, con un arma junto a él, sobre la mesa de noche.

Fue entonces cuando entendió.
Fue entonces cuando entendí que había estado novelando mi vida.

Carlos rió.
Gonzalo rió.
José rió.

Yo reí. Me burlé.

Carlos tomó el arma. 
La puse dentro de mi boca pensando en las mentiras que había inventado para escapar de lo que nunca dejé de ser.
Gonzalo presionó el arma contra su paladar y tiró del gatillo.

Gonzalo murió. José murió. Yo morí.

Y Carlos despertó.